Por: José Antonio Alcaraz Suárez
Hay ideas que incomodan porque, si resultaran ciertas, obligarían a replantearlo todo. Esta es una de ellas y la quiero empezar con una historia que viví hace tiempo, mientras caminaba en las calles de la colonia Constitución, en Pachuca. Una escena cotidiana me obligó a detenerme:
Un perro callejerito había hecho sus necesidades frente al jardín de una vivienda. Nada extraordinario, nada fuera de lo común. Pero el hombre que habitaba la casa salió con una escoba, visiblemente molesto, y comenzó a empujar los restos fuera de su propiedad mientras vociferaba: “Pinches perros, no más se vienen a cagar en mi jardín. Ahora que los vea les echo agua”.
En ese instante, algo hizo eco en mi mente. Una respuesta clara, casi automática: “Señor, en realidad, lo que acaba de hacer ese perrito es abonar su jardín, no ensuciarlo”. No dije nada. Guardé el pensamiento. No por falta de argumentos, sino porque entendí que no todo necesita ser confrontado para ser comprendido. Seguí mi camino.
La escena se quedó conmigo el resto del día. Pensé en lo fácil que es para nosotros juzgar desde nuestra lógica fragmentada y humana. En cómo hemos aprendido a ver la naturaleza desde la incomodidad, desde la estética, desde la idea de control. Para ese hombre, el acto del perro era suciedad. Para la tierra, era nutrición. Para el equilibrio natural, era parte del ciclo.
Ese día entendí algo más profundo: los animales (y los demás seres que cohabitan) no se equivocan en su manera de habitar el mundo. No necesitan aprender a encajar, porque ya pertenecen. Cada una de sus acciones, incluso las más simples o fisiológicas, tiene un lugar dentro del orden de las cosas.
LOS HUMANOS FUIMOS MANIPULADOS GENÉTICAMENTE PARA SER MERCANCIA
Nosotros somos quienes interpretamos, alteramos y, muchas, muchas veces, rompemos el equilibrio; incluso, tenemos conductas, hábitos y formas para encajar, divertirnos y relajarnos, que resultan autodestructivas (drogas, alcohol, cigarro, alimentos chatarra) y para el entorno. No porque seamos ajenos a la naturaleza, sino porque no está en nuestro sistema cómo formar parte de ella sin intentar dominarla.
Aquel perro no estaba ensuciando nada. Estaba cumpliendo su función. Y nosotros, en cambio, seguimos intentando entender cuál es la nuestra en este planeta…
Si uno observa el planeta con frialdad, sin el filtro del sentimentalismo, aparece un patrón difícil de ignorar: todo encaja. Los animales nacen con instrucciones precisas, siguen conductas que no necesitan cuestionar. Las plantas cumplen funciones exactas dentro de ciclos que se repiten con precisión casi perfecta. Los ecosistemas, incluso en su aparente caos, tienden al equilibrio. Nada sobra, nada falta.
Somos la única especie que no opera en automático. La única que duda de su lugar. La única que se pregunta qué hace aquí. Ningún otro ser vivo necesita aprender a ser lo que es; simplemente lo es. Nosotros no. Nacemos incompletos, vulnerables al entorno, dependientes, sin saber siquiera cómo sobrevivir sin ayuda. Y, más inquietante aún, crecemos sin terminar de entender el propósito de nuestra existencia.
Tal vez no estamos perdidos. Tal vez, simplemente, estamos fuera de lugar.
Tal vez el ser humano no está del todo alineado con este entorno. No en un sentido literal de origen extraterrestre, sino en algo más profundo. Nuestra mente, nuestra conciencia, parece no ajustarse a las reglas naturales que rigen el resto de la vida en la Tierra.
Mientras otras especies se adaptan al mundo, nosotros lo transformamos. Creamos sistemas —sociales, económicos, culturales— para poder vivir, porque los que ya existen no nos bastan. Modificamos el entorno hasta el punto de poner en riesgo nuestra propia supervivencia. Somos capaces de destruir aquello que nos sostiene, una contradicción que no tiene equivalente en la naturaleza.
Y, sin embargo, también somos la única especie que busca sentido. Que no se conforma con existir, sino que necesita entender por qué existe. Esa necesidad de significado, de propósito, de trascendencia, no parece tener una función biológica clara. Es, más bien, una anomalía.
Quizá por eso tantas personas cargan con una sensación difícil de explicar: la de no pertenecer del todo. Como si hubiera un desajuste invisible entre lo que somos y el lugar en el que estamos. Como si la mente humana estuviera diseñada para algo que no termina de coincidir con este mundo.
GRACIAS
