Por: José Antonio Alcaraz Suárez
“Muchos se están alejando de las iglesias para acercarse a Dios”
Alejandro Jodorowsky
Mi formación religiosa dentro del catolicismo fue sistemática, rígida y profundamente estructurada. Crecí asistiendo todos los domingos a misa, participando en procesiones, celebraciones litúrgicas y círculos de estudio bíblico entre semana. “Cumplí” cada rito, cada sacramento y cada norma que, según la institución, debía convertirte en “un buen cristiano”.
Sin embargo, algo dentro de mí nunca terminó de encajar. Por el contrario, me incomodaban. A la par, de niño tenía mis canales perceptivos aperturados (veía, oía y sentía más allá de los sentidos físicos). En las iglesias veía seres demoníacos (egrégores y parásitos energéticos) disfrazados de santos, virgenes y salvadores, que se alimentaban de la fe, el miedo y la culpa de los feligreses.
Mientras otros parecían encontrar consuelo en los templos, yo sentía esa incomodidad. No era rebeldía ni falta de fe. Era una sensación difícil de explicar: la impresión de que había algo artificial en muchas de las prácticas religiosas que me rodeaban. Algo que hablaba más de CONTROL que de espiritualidad.
LA MISA Y LAS MAQUINITAS
Cuando tenía alrededor de 10 años, llegué a desarrollar toda una estrategia para escapar de las misas dominicales e irme a jugar a un local de “maquinitas”. Dejaba que mis papás salieran primero rumbo a la iglesia y fingía que iría detrás de ellos unos minutos después. Pero en realidad cruzaba la calle y me refugiaba entre videojuegos, luces y sonidos electrónicos en el local de la Plaza Sidhartha, en Tecámac, Estado de México.
Ahí pasaba el tiempo mientras transcurría la misa. Y cuando calculaba que estaba por terminar, salía corriendo hacia la iglesia de la Santa Cruz para esperarlos en la entrada, como si hubiera asistido todo el tiempo. Ellos me veían ahí y asumían que había cumplido con mi obligación religiosa.
Aunque sentía culpa, curiosamente, también me sentía más libre entre las maquinitas que sentado escuchando sermones que, incluso a esa edad, no lograban conectar conmigo.
DESDE NIÑO HACÍA PREGUNTAS INCÓMODAS
Preguntaba: ¿por qué si Dios es amor absoluto, compasión y misericordia necesitaba crear un infierno eterno para castigar a quienes no obedecieran (pecadores)? Preguntaba: ¿por qué un ser infinito, capaz de crear galaxias, requería dinero humano para sostener su obra? Preguntaba: ¿Por qué tantos templos estaban llenos de imágenes de sufrimiento, cuerpos crucificados, rostros agonizantes y culpa visualmente convertida en devoción?
Las respuestas, por parte de catequistas y sacerdotes, casi siempre eran las mismas:
“No cuestiones a Dios”.
“Es pecado dudar de la obra de Dios”.
“Dios sabe por qué hace las cosas”.
Y así entendí algo importante: muchas instituciones religiosas no enseñan a pensar; enseñan a obedecer.
Con el tiempo comprendí que la iglesia (no solo la Católica) y Dios no son la misma cosa. Y confundirlos quizá sea uno de los errores espirituales más profundos que millones de personas cometen sin darse cuenta.
Porque puedes creer en Dios o El Universo profundamente y aun así sentirte distante de la iglesia o credo que profeses. Puedes tener fe, espiritualidad y conexión interior sin necesidad de pertenecer a una estructura religiosa que te haga sentir culpable por existir. Eso no te vuelve menos creyente. Te vuelve alguien dispuesto a cuestionar.
Durante generaciones nos enseñaron que apartarse de la iglesia era apartarse de Dios. Que dudar era pecado. Que pensar demasiado era peligroso. Y así, poco a poco, la culpa reemplazó a la espiritualidad.
Muchos crecieron buscando paz y terminaron encontrando miedo:
Miedo al castigo.
Miedo al pecado.
Miedo a amar diferente.
Miedo a divorciarse.
Miedo a preguntar.
La fe dejó de ser una experiencia íntima para convertirse, en muchos casos, en un sistema emocional de vigilancia permanente.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿cuántas personas realmente permanecen dentro de ciertas instituciones religiosas por amor genuino a Dios y cuántas permanecen por miedo?
Porque un ser infinito no necesita tu quincena. Pero una institución con propiedades, gastos y jerarquías sí. Ahí es donde la espiritualidad comienza a mezclarse con intereses humanos.
Tal vez por eso cada vez más personas sienten una desconexión profunda con las iglesias o religiones tradicionales. No porque hayan perdido la fe, sino porque dejaron de tener el LASTRE DE LA FE y ahora SABEN y dejaron de aceptar una espiritualidad manipulada (eso será otro tema).
La crisis de muchas religiones no proviene únicamente de la modernidad ni del avance científico.
También nace del cansancio de generaciones enteras que comenzaron a notar las contradicciones:
¿Cómo puede hablarse de amor mientras se excluye?
¿Cómo puede hablarse de compasión mientras se juzga?
¿Cómo puede hablarse de libertad espiritual mientras se castiga el cuestionamiento?
CREER NO DEBERIA DOLER
Y quizá ahí está el punto más importante de todos: muchas personas no abandonaron a Dios; abandonaron estructuras que les hicieron sentir indignos, insuficientes o defectuosos.
Eso no significa negar que existan comunidades religiosas honestas y personas genuinamente bondadosas dentro de ellas. Existen. Hay sacerdotes, pastores y líderes espirituales que ayudan, acompañan y alivian sufrimientos reales. Pero también es cierto que muchas instituciones olvidaron que su función era acercar al ser humano a lo divino, no convertirlo en rehén emocional del miedo.
OTRA IDEA INCÓMODA
El cielo ha sido, probablemente, la campaña de marketing más poderosa de la historia humana: una promesa imposible de comprobar, entregada después de la muerte y sostenida durante más de dos mil años mediante fe, culpa y obediencia.
Piénsalo por un momento:
Te pidieron obediencia hoy a cambio de salvación mañana. Te enseñaron a sentir culpa por deseos humanos naturales. Te hicieron creer que cuestionar era peligroso. Y todo comenzó cuando aún eras demasiado pequeño para decidir en qué creer.
La pregunta entonces no es si Dios existe o no. La verdadera pregunta es cuánto de lo que llamamos “fe” nació realmente de una búsqueda espiritual… y cuánto nació del miedo aprendido.
Porque tal vez Dios nunca necesitó templos gigantes, intermediarios ni discursos de culpa. Tal vez la espiritualidad más auténtica comienza justamente cuando alguien se atreve a pensar por sí mismo y descubrir su potencial.
GRACIAS
