Por José Antonio Alcaraz Suárez
Vivimos en una época donde el ruido nos ha enseñado a desconfiar del silencio… incluso del silencio de nuestro propio cuerpo. Ese cuerpo que posee una sabiduría extraordinaria, una que ha acompañado a la humanidad desde mucho antes de que existieran los hospitales, los laboratorios y las redes sociales.
¿Has notado que, cuando enfermamos, muchas veces perdemos el apetito?. Esto no es un agravante de la condición, sino una señal de que el organismo está priorizando su recuperación; incluso, en los hospitales hacen entrar en ayuno a los pacientes, suministrando únicamente una solución salina, mejor conocida como suero.
Antes de continuar, te cuento que llevo años practicando el ayuno intermitente. Hay periodos prolongados en los que dejó de comer. Lo maximo que he logrado y que recuerdo son alrededor de 18 horas. Durante ese lapso lo único que ingiero es agua de limón con Sal Céltica o té, para mantenerme hidratado.
Paradójicamente, cuando dejo de ingerir alimentos tengo más energía, concentración y, si estoy enfermo, me recupero más rápido y sin tantos medicamentos. Tiene poco que me enfermé del estómago por comer un pollo rostizado; el ayuno contribuyó a mi pronta recuperación.
Muchos seguimos reglas sociales y culturales sin cuestionar y mucho menos hacerlos experiencia. Mientras nosotros insistimos en obligar al cuerpo a seguir con la rutina, él parece decirnos que necesita concentrar toda su energía en recuperarse.
LA COMIDA COMO UN HÁBITO
Desayunamos, comemos, cenamos y, entre cada comidas, aparecen los refrigerios, los antojos y cualquier pretexto para volver a “mover el bigote”. El cuerpo casi nunca deja de trabajar procesando alimentos. De manera personal, es un reto dejar los antojos. Como mucho saben, salgo mucho a municipios de Hidalgo y a veces otros Estados, pueblos mágicos y pueblos con sabor (en modo pata de perro) y su gastronomía es imperdible.
Nuestros ancestros entendían que el descanso y el ayuno formaban parte de los procesos naturales del organismo. Hoy sabemos que, cuando dejamos de comer por un periodo, el cuerpo activa mecanismos como la autofagia, un proceso mediante el cual las células eliminan componentes deteriorados, reciclan materiales y favorecen su propia renovación. Es, de alguna manera, un trabajo de limpieza que ocurre en silencio.
LA AUTOFAGIA
La autofagia es la capacidad que tiene el cuerpo de regenerarse a través del uso de las células al reciclar sus propios componentes dañados o envejecidos. El término proviene del griego y significa literalmente “comerse a sí mismo”. Gracias a este mecanismo, las células eliminan proteínas defectuosas y otros desechos para reutilizar sus materiales y mantener un funcionamiento saludable.
La autofagia cobró gran relevancia cuando el biólogo japonés Yoshinori Ohsumi recibió el Premio Nobel de Medicina en 2016 por descubrir esos mecanismos de la autofagia en levaduras, sentando las bases para comprender cómo funciona en los seres humanos. Aunque el concepto fue descrito por el científico belga Christian de Duve en la década de 1960.
MUCHA COMIDA, MUCHOS ENFERMOS…
Hoy vivimos una paradoja que pocas veces nos detenemos a analizar. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido tanta comida al alcance de la mano. Podemos comer a cualquier hora del día o de la noche, pedir alimentos con solo tocar una pantalla y encontrar productos de todo tipo en prácticamente cualquier tienda.
Sin embargo, al mismo tiempo, vivimos una epidemia de obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y otros padecimientos crónicos como nunca antes. ¿Cómo es posible que, teniendo más alimentos que cualquier generación anterior, también seamos una de las sociedades más enfermas?
Quizá la respuesta no esté en la cantidad de comida disponible, sino en la forma en que nos relacionamos con ella. Comemos por ansiedad, por costumbre, por publicidad, por aburrimiento o simplemente porque siempre hay algo al alcance. Tal vez el verdadero lujo no sea tener comida las 24 horas, sino saber cuándo nuestro cuerpo realmente la necesita.
Es importante saber el origen de estás formas de alimentarnos. A principios del siglo XX, con la influencia de la Fundación Rockefeller (entidades no humanas), la manipulación medica y la urgente industrialización, los hábitos alimenticios cambiaron profundamente. Se fortaleció la idea de establecer horarios fijos para comer (por conveniencia de la recién instaurada Revolución Industrial); con el paso de los años, también se normaliza la cultura del snack: consumir alimentos cada pocas horas para evitar sentir hambre.
La abundancia nos resolvió el problema de la escasez, pero también nos enfrentó a un nuevo desafío: aprender que no todo lo que podemos comer es necesariamente lo que necesitamos comer. Ahí quizá comienza la verdadera conversión sobre la salud.
FINALMENTE: Tal vez no se trate de dejar de comer, sino de volver a comprender que el cuerpo tiene tiempos, ritmos y señales que durante décadas hemos aprendido a ignorar.
A veces, la reflexión más importante no está en buscar una respuesta inmediata, sino en atrevernos a formular una pregunta incómoda: ¿estamos alimentando nuestro cuerpo… o simplemente alimentando un hábito?
GRACIAS
