Por: Tania Martínez Suárez
Fregadero
Desde que era niña y ayudaba a lavar los platos, pensaba que al limpiar cada uno los estaba salvando de un destino de infortunio, lo mismo pasa con la ropa sucia que enjuago en el lavadero, me da un propósito, un ritmo, una misión a cumplir. Atención plena, concentrarse en el agua cayendo sobre platos, la espuma silenciosa que se arrasa con los restos de comida, como un microcosmos que se absuelve al chorro del fregadero, y soy artífice de ablución.
Hacer la cama
Cada noche es una batalla, las sábanas luchas por guardar su forma sobre el colchón, pero los movimientos de quienes las habitan los hacen imposible, por la mañana la prisa ocupa todo el espacio y la ropa de cama sale volando, el aire infla las cobijas que caen suavemente y son colocadas como capas de un planeta que nace ahí mismo.
El café
Apenas abrir el frasco que lo contiene e ir despertando poco a poco con su aroma, depositarlo cuidadosamente en el compartimiento de la cafetera, luego el agua y su bullicio que avisa de la transmutación. Le entregué a esa máquina prácticamente un puñado de semillas molidas y tostadas, me ha regalado la bebida caliente capaz de traerme al mundo real cada mañana.
El camino
No siempre recorro el mismo camino, así que procuro prestar atención al paisaje, no son solo traslados por muy apegados a la rutina que estén, son una oportunidad para pensar, para observar cómo la vida sucede frente a nosotros; dejar por instantes de habitarnos conscientemente para mirar nuestro entorno. Las conversaciones de las personas se cuelan en mi oído o las canciones que el chofer pone y pienso en historias que luego acaban en esta columna por ejemplo o en mis escritos.
No suelo hablar mucho con las personas en esos momentos, la contemplación es una meditación activa.
