Por: Tania Martínez Suárez
Tengo 6 años y un color rojo encarnado atraviesa mis párpados , he pensado que así desde dentro del vientre materno, voy tomada de la mano de mi papá y camino despacio, con la otra mano voy tocando las paredes, las diferente texturas de las fachadas, los arbustos, !auch, los nopales! siento el aire danzando suavemente en mis mejillas, el sol afanoso, imagino la calle entre burbujas de jabón, y estoy en presencia de un diálogo interminable, los sonidos del rededor se corresponden, un gallo le contesta al afilador y parece que aquel claxon sigue el griterio de los niños en la escuela… -¡Otra vez Tania, abre los ojos, apurate, se hace tarde!
Hay días que puedo recordar perfectamente mi niñez, como si en cualquier momento mi abuela me recibiera en la cocina con un jarro de arroz con leche, y su regazo dispuesto, no había mejor lugar en el mundo que ese, contenido en sus brazos. Puedo sentir el ambiente de esa habitación, la resolana haciendo camino sobre las paredes de tabique rojo, aún no se a donde va. En su jardín lleno de plantas le platicaba a las flores, decía cosas que no pronunciaría de otra forma. Recorrer con ella el mercado, el libramiento que delimitaba el lugar del gis y ahora ha quedado rebasado, como todo en ese lugar y como todos nosotros.
Me veo corriendo de prisa para llegar a la primaria, y puedo sentir el golpe que me llevé en las rodillas y el estruendo del molde de vidrio traía en las manos, en el centro de las piernas me nacieron dos moretones y me quede sin gelatina para el convivio. Veo las fotos de una pequeña versión de mi, que cabía en esa ventana de la cocina, ahora solo mi cara se asoma, pero hubo un día que yo entera posaba para las fotografías cuando mis papás construían la casa.
A veces viene a mi el olor al campo, puedo ver a mis primos corriendo por la calle que por primera vez conoció el pavimento. Veo el cielo aborregado y a mi abuelo anotando sus cabañuelas. Hay días en los que los recuerdos son tan nítidos, que creo que tengo 8 años, tengo 12, tengo 15 y lo único que quiero es estar sola, en ese estrecho cuarto que llené de poemas y selvas violetas. Tengo 20 y viajo sola, aparezco en lugares extraños, me fascino con la vida y sus contradicciones, me arrojo al vacío una, otra… otra vez, y aprendo a volar entre las letras. Voy fotografiando el cielo, quizá esperando ver ahí a mi mamá.
Abrazo mis 30, mi pancita de embarazada y como me convertí en un océano que albergaba la vida, literalmente a Vida. Abrazo a mi yo de entonces, tan autoexigente; la maternidad es maravillosa y desesperante en la misma proporción, paciencia, ternura, mucha voluntad, amor, empatía, vira hacia ti Tania, en primera instancia. Toma un tiempo para respirar, no permitas que el café se enfríe. Haz una pausa. Descansa. Vertiginoso ritmo, a veces no me veía, no me reconocía.
Estoy caminando por la ciudad, cumplo 41 años, y mi principal objetivo es disfrutar, estoy extasiada con el devenir de la existencia, el hecho mismo de poder observar el acontecer humano. Soy una pez, en realidad dos, soy piscis, mirando a un lado y al otro. Soy un ave de ciudad que extraña los amaneceres nublados entre maizales. Soy una nube o el espacio donde antes corría un río. Soy un mapa. Soy una línea. Todavía cierro los ojos por un momento para que el sonido me hable. Este mirador me ofrece una perspectiva espectacular, la contemplación me hermana con el mundo, y yo vine a la tierra a experimentar la belleza, a diluirme en el paso del tiempo.
