Por: Tania Martínez Suárez
Tras una hora de camino el clima comenzó a cambiar, del viento a veces suave y a veces violento de mi ciudad, al cálido rumor del agua, de pronto la carretera deja ver a los lejos la formación rocosa de los Frailes y se llena el Valle de un verde brillante con cultivos de maíz y mezquites.
Los letreros de “zapatos acuáticos a $50, $70, $90” me fueron dejando pistas, las palmeras dignas de cualquier costas despuntan desde lejos, enormes toboganes multicolor, dinosaurios a gran escala en una entrada o un hotel como los que promete Arabia Saudita, dejan ver el oasis en medio de la sequía que es Ixmiquilpan.
La biblioteca pública “Carlos Fuentes” nos recibió, con decenas de niños y sus familias, con proyectos de un taller de verano sobre la mesa, con la mirada generosa de Margarita, Yasna y Aryam, así como un dulce batallón de bibliotecarias: Margarita, Catalina, Celina, Ana Laura, Anel, Carolina, Maribel, Ana Isabel y Dolores; terminaba el Taller de verano y también el Colectivo Yäku hacia el cierre de su primer ciclo de actividades. Prepararon un programa muy bello, hecho en comunidad, es así como el arte se incrusta en la vida de niñas y niños, es así como la poesía nos permite detenernos mirar un momento.
Hoy el Valle del Mezquital se abrió para mí, con su lengua viva: Hñähñu. Vi las sonrisas ante las canciones de María Inés, el arco en los ojos cuando alguien provoca con las palabras en su lengua y los otros le entienden. Comí alberjones con nopales, ( y yo ni nopales como) quelites y el arroz blanco más perfecto del mundo, mientras me dejaban escuchar su mundo, entre la sonoridad de palabras que no comprendo pero que me embelesan, no me sentí extraña entre extraños, no me sentí fuera de lugar entre quienes a primera vista parecen huraños. Me regalaron su tiempo, su risa, sus chistes y la facultad de presenciar como otro mundo se enhebrada frente a mí.
Luego salí a la calle, el calor se intensificaba, encontré conchas de abulón en pendientes y anillos, como resabio de un mar que habitó esas tierras, entre sus bordados de flores y aves encontré caminos abiertos para recorrer. Encontré olores maravillosos en el mercado, plantas, botas, sombreros, inflables de figuras fantásticas, tunas verdes recién peladas, encontré risas, amabilidad y recomendaciones, encontré una celebración del Día de los Pueblos originarios con danzantes en la Plaza principal, los pueblos originarios bailan para mantener el equilibrio del universo, me dijo alguna vez un danzante, lo creo.
Me ofrecieron aguas de sabores, spaghetti, pollo Ximbó, música, movimiento, huapangos en vivo y una obra de teatro infantil en Hñähñu, yo iba hoy a compartir un poco de poesía y regresé colmada de maravillas. Reconozco ampliamente el trabajo comunitario de fomento a la lectura y escritura realizado por el Colectivo Yäku y me quedo con el poema ganador del 2026, de Dulce Guadalupe Martínez Cruz:
El caracol
Él árbol
con sus ramas
se entierra
y de pronto
entre las cortezas
se encuentra un caracol
tan vanidoso
como el sol
disfrutando de
lo mejor
el paisaje.
