Por: José Antonio Alcaraz Suárez
Hace unas semanas, mientras leía un libro sobre estoicismo, me encontré con una pregunta que me frenó en seco. No supe responderla y, paradójicamente, me dejó con muchas más preguntas dando vueltas en la cabeza:
“¿Quién fue la persona más rica y famosa en 1733? Probablemente no lo sabes. Y, siendo sinceros, tampoco te importa”.
El texto continuaba con una reflexión todavía más contundente: eso mismo ocurrirá con nosotros. Dentro de 100, 500 o mil años, probablemente nadie recordará nuestro nombre, ni las discusiones que hoy nos roban la paz, ni las metas que ahora parecen tan urgentes, ni muchos de los problemas que sentimos enormes.
EL TIEMPO TIENE UNA MANERA IMPLACABLE DE PONERLO TODO EN PERSPECTIVA
Lo que hoy parece gigantesco, mañana será apenas un recuerdo. Lo que hoy representa una construcción imponente, algún día será polvo. Y muchas de las cosas que ahora nos frustran, nos entristecen o nos generan impotencia terminarán perdiendo por completo su importancia.
La fugacidad de la vida es una realidad. Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Qué sentido tiene vivir?
Si en algún momento vamos a morir, ¿qué sentido tiene vivir? No recuerdo cuántas veces me he hecho ese cuestionamiento. Aunque sí recuerdo que todo me parece más complicado cuando me encuentro frágil, triste o atrapado en ese modo pesimista.
Con el paso del tiempo he aprendido a no pelearme con esas emociones ni a pretender que no existen. Simplemente las dejo ser, pero dentro de un espacio de control interno que me permite observarlas, entenderlas y, sobre todo, distinguir entre aquello que merece mi energía y aquello que, sencillamente, está fuera de mi control.
Y cuando pasa el berrinche —o, mejor dicho, la emoción— vuelve la cordura. Entonces encuentro mi propia respuesta:
“Vivo para tener experiencias. Soy coleccionista de momentos. Soy un pata de perro”.
Hay experiencias que elijo y otras que simplemente llegan. Pero todas forman parte de esta única oportunidad de estar aquí. Y lo que se vive hoy merece ser disfrutado hoy.
Mientras escribía está columna en una tablet —porque mi teléfono va para tres semanas descompuesto—, estaba sentado en un sillón estilo Luis XV en casa de mis papás. En algún momento levanté la mirada y me detuve a observar el sutil balanceo de unas estrellas de fomi de colores que penden de un hilo negro colocado en la pared. Esos adornos los hizo mi papá.
El viento que se cuela por la puerta los mueve suavemente. Ese mismo viento entra en mis pulmones mientras los observo. Y, durante unos segundos, dejé de escribir. Solo estuve ahí.
Observando.
Respirando.
Pensando.
Coleccionando un momento…
Ahí está, quizá, una de las grandes lecciones. Pasamos demasiados días preocupados por cosas que no podemos controlar: lo que otros piensan de nosotros, lo que alguien dijo, aquello que ya ocurrió, el reconocimiento que no recibimos, las decisiones de otras personas o un futuro que todavía ni siquiera existe.
Mientras tanto, dejamos escapar lo único que realmente poseemos: ESTE MOMENTO.
La indiferencia es poderosa, pero no se trata de volvernos indiferentes ante la vida. Se trata de aprender a poner las cosas en perspectiva. De entender que perder la calma por aquello que no podemos cambiar es pagar un precio demasiado alto por algo que, muchas veces, ni siquiera tendrá importancia mañana.
Por eso, quizá deberíamos preguntarnos con mayor frecuencia:
¿Esto que hoy me preocupa seguirá siendo importante dentro de un año?
¿Dentro de diez?
¿Dentro de cien?
Tal vez algunas cosas sí. Pero muchas otras, definitivamente no. Y si el tiempo terminará borrando la mayoría de nuestras preocupaciones, quizá no deberíamos permitir que esas preocupaciones nos roben la tranquilidad mientras todavía estamos aquí.
La vida es demasiado breve para convertir cada problema en una tragedia, cada crítica en una herida y cada desacuerdo en una batalla, porque no sabemos cuánto tiempo tenemos. Pero sí podemos decidir qué hacemos con el tiempo que tenemos. Tal vez la verdadera riqueza no consiste en conseguir que alguien recuerde nuestro nombre dentro de mil años.
Tal del vez consiste en llegar al final de nuestros días con la tranquilidad de saber que no desperdiciamos demasiados de ellos preocupándonos por aquello que, al final, no valía nuestra paz.
Porque algún día nosotros también seremos parte de esa lista de nombres que nadie recuerda. Y lejos de ser una razón para vivir con miedo, debería ser una invitación a vivir mejor.
A amar más.
A preocuparnos menos.
A perdonar pronto.
A disfrutar lo sencillo.
A estar presentes.
A hacer lo correcto incluso cuando nadie está mirando.
Y, sobre todo, a recordar una de las preguntas más poderosas que podemos hacernos cuando la vida comienza a parecernos demasiado complicada:
¿Realmente merece mi paz aquello que el tiempo, tarde o temprano, terminará borrando?
PD. Les dejo está canción: https://open.spotify.com/s/eryQk5S
GRACIAS
