Por: José Antonio Alcaraz Suárez
“Mientras aplazamos las cosas, la vida transcurre”
– Séneca
Hay una trampa silenciosa en la vida que casi todos conocemos pero que no somos conscientes de sus consecuencias: creer que siempre habrá tiempo o un momento mejor. Ese monótono “algún día” hace que se nos vayan experiencias, oportunidades, personas y la misma vida.
“El próximo lunes iré a correr. Cuando gane más dinero… Cuando no tenga mucho trabajo… Cuando todo esté más tranquilo… Mejor la próxima iré a ver a mis papás… Algún día lo haré…”.
Casi, sin darnos cuenta, convertimos el “después” en una forma de vida. Eso es triste, pues nos convencemos de que “aplazar una decisión no tiene consecuencias” y que “un día más no importa o un mañana será igual que hoy”. Pero el tiempo tiene una característica implacable: nunca se detiene para esperarnos, se va comiendo las oportunidades.
LA GRAN ESTACION DE TRENES
Mi vida la he imaginado como si fuera una gran estación de trenes que van a un sin fin de destinos. En muchas estaciones y vagones me he encontrado con otras almas: familia, amigos, compañeros, amores y personas fugaces. Unas suben, otras bajan y otras siguen. A veces me toca bajarme o subirme al tren, pero en otras ocasiones me ha tocado esperar sentado en la estación.
También he dejado pasar trenes esperando que el siguiente no venga tan lleno o que vaya a un determinado destino, me he arrepentido. Ha sido triste que no te elijan y te dejen varado en una estación. Ahí, mi silencio y sol-edad suele ser mi compañía.
Debo de confesar que mientras escribo esto, he sentido un poco de melancolía, recordé esa canción de Alex Ubago llamada “Viajar Contigo”. La vida rara vez se nos escapa de golpe. Se nos va en pequeñas dosis.
EL TIEMPO LO DEVORA TODO
Una tarde que dejamos pasar parece insignificante. Una oportunidad que postergamos parece recuperable. Una llamada que no hacemos puede esperar. Un abrazo puede darse mañana… Hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos que esos pequeños “después” se convirtieron en años.
Y sí, la vida se nos va en pequeñas dosis: en los proyectos que nunca comenzamos, en las conversaciones que evitamos, en los viajes que seguimos posponiendo, en los sueños que dejamos para cuando “tengamos tiempo”.
Quizá lo más doloroso no sea descubrir que el tiempo pasó, sino reconocer cuántas veces nosotros mismos decidimos dejarlo pasar… ¡Auch!
Ahora que he andado en el aprendizaje del estoicismo, me viene a la mente donde dicen que recordar nuestra propia finitud no era un ejercicio de pesimismo, sino una invitación a vivir con mayor conciencia. MEMENTO MORI: recuerda que vas a morir. No para vivir con miedo, sino para dejar de desperdiciar aquello que no puede recuperarse.
No sabemos cuánto tiempo tenemos. Sí sabemos, en cambio, que el día de hoy no volverá. Tal vez no puedas cambiar toda tu vida mañana. Pero puedes comenzar algo hoy:
Puedes hacer esa llamada. Puedes decir “te quiero”. Puedes cuidar tu cuerpo. Puedes ahorrar algo. Puedes aprender algo nuevo. Puedes dejar de esperar las condiciones perfectas, aunque quizá las condiciones perfectas nunca lleguen… Así que hay que crearlas.
La pregunta, entonces, no es cuánto tiempo nos queda. La pregunta es qué estamos haciendo con el tiempo que ya tenemos. No esperes a que la vida se vuelva perfecta para empezar a vivirla. Empieza con lo que tienes, desde donde estás y con el tiempo que hoy se te ha concedido.
¿Hasta cuándo vas a seguir esperando para empezar a vivir de verdad, Antonio?
GRACIAS
