Por: Tania Martínez Suárez
No basta ver, hay que mirar con detenimiento. Hay que prestar los ojos al asombro y las peculiaridades de la vida cotidiana, sólo así podemos escabullirnos de la rispidez que presume la rutina.
Encontrar el sol al atardecer, sentir un saludo cálido en el rostro; pensar en un pasado que se teje en el presente, en el linaje que me sostiene y alumbra.
Esperar para cruzar la avenida, mientras un auto compacto asoma su nariz roja, desde el ángulo en que estoy no puedo mirar más, no cruzo la calle, entonces se mueve despacio pero no alcanzo a ver más que un par de manos en el volante, trastabilla su paso pero no se mueve del todo; luego puedo ver un arpegio, un par de alas negras que revolotean en el núcleo del auto, no las distingo bien así que son así que atravieso la calle. ¡Vaya mi sorpresa! cuando descubro que son un par de pestañas pegadas a los párpados, que penden del rostro, que se sostiene del cuerpo, de una chica que maneja un pequeño auto rojo, como si desde dentro en cualquier momento alzara el vuelo.
Pensar en alguien y encontrarle de pronto, sin que hubiera probabilidad alguna de ello, sin que el encuentro se hubiera planeado o presentido; también aparecen en llamadas o mensajes, en momentos que en primera instancia parecen inoportunos, pero siempre que les he necesitado aparecen con una gran sonrisa frente a mi.
Florecer, las plantas se apoderan de todo el espacio posible, los camellones por ejemplo, son testigo de la bravura de las plantas silvestres; los jardines que no se podan con regularidad son asidero de la vida que emerge desde de la tierra. Hermosa cualidad de las flores maravillar con su fulgor efímero de aromas y colores, sin otra pretensión que la del momento mismo de mostrarse.
Reir, para apuntalar la vida, para burlarnos de las cosas que no podemos cambiar, reír sonoramente en un mundo que nos impele a guardar silencio y estar confinados a una individualidad. Reir, reir con otros, materializar colectivamente la felicidad, hacerlo como mecanismo para preservarnos a pesar del tiempo.
Amanecer, una mañana tibia que nace a través de las cortinas, pensar que así ha amanecido cada día desde el inicio de los tiempos; damos por sentado este gran fenómeno, que permite anunciarse primero por los cantos de las aves. Un amanecer que nos convoca en un rito milenario, somos parte de todo en el preciso momento de despertar.
